Jalid Sahrazad vendió un manuscrito a un anticuario andaluz, escrito por el antropólogo francés y especialista en mitología africana, Georges Lafayette. Sahrazad cuenta que el cuerpo del autor fue encontrado desmembrado misteriosamente en los predios del África subsahariana. Con los restos del cadáver encontraron, además de sus utensilios exploratorios, una gruesa libreta –maltratada y con sangre, de ella solamente se sabe que está en manos de un coleccionista– en la que estaba escrita una narración referida al monstruo Catoblepas. (Lafayette se internó en las fauces de la selva para comprobar su existencia; se presupone que Jorge Luis Borges tomó prestada la figura para El libro de los seres imaginarios). A continuación se ofrece una traducción del único fragmento existente del manuscrito, casi imposible de realizar por la caligrafía apresurada y confusa:
“… (la leyenda dice que si lo veo, muero) Con la robustez de un búfalo, cuernos de toro y una mirada en la que deben esconderse voraces esferas de fuego, ávidas de engullir victimas, el Catoblepas, con su espanto, hace sucumbir a los animales de la selva; las luciérnagas dejaban de titilar, permanecían silentes ante la idea de morir desgarradas ante uno de sus ásperos y estridentes bramidos, asfixiadas en cualquier rincón de sus tres estómagos. Leones, hienas, leopardos y elefantes huían al sentir su hedor...se escondían aterrorizados (tiene la facultad de aspirar tan fuerte, que puede dejar a la selva desprovista de sus olores naturales, moribunda; y su mirada, siempre oculta...su misterio sigué ahí, sin descubrirse, ¿lo podré hacer yo?). Llevaba tres días postrado en la cima de un gran árbol, bebía agua de lluvia, que por lo general tenía el sabor de las raíces amargas con las que me alimentaba, pero él ya me había olido... cada noche aquella monstruosidad se posaba ante el árbol. De pronto, sentí unos sonidos confusos (¿bestias recién salidas del infierno?). El Catoblepas se estaba apareando. Alcancé a ver que embestía a la hembra vehementemente. Aproveche la distracción (necesitaba huir) para bajar del árbol. La respiración acelerada delataba mi rumbo. Corrí hacia una laguna cercana. Sentí sus pasos gigantes...terrorífica torpeza. Me zambullí sin pensarlo dos veces; aunque algo lento, llegó hasta el inicio de la laguna, en ese momento, irremediablemente para él, pudo mirar su reflejo en el agua... y chilló, estremecido, se retorció en el piso (como dice la leyenda, es posible que haya intentando devorarse a sí mismo); yo opté por el alejamiento provisional…”
ASV.